Dios está siempre a nuestro lado

Dios está siempre a nuestro lado

Ana Cecilia Crisanto

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Dios no libra a quienes le aman y a sus familias de los sufrimientos de esta vida. Pero los acompaña y consuela, les da luz, sentido y fuerzas. Hace que den mucho fruto.

Fragmento Original

“Jesús mismo nace en una familia modesta que pronto debe huir a una tierra extranjera. Él entra en la casa de Pedro donde su suegra está enferma (Mc 1,30-31), se deja involucrar en el drama de la muerte en la casa de Jairo o en el hogar de Lázaro (cf. Mc 5,22-24.35-43); escucha el grito desesperado de la viuda de Naín ante su hijo muerto (cf. Lc 7,11-15), atiende el clamor del padre del epiléptico en un pequeño pueblo del campo (cf. Mt 9,9-13; Lc 19,1-10) …”. (La alegría del amor, n. 21)

“En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino, cuando Dios «enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Ap 21,4).” (La alegría del amor, n. 22)

Comentario

Los dolores, que acompañan al amar verdadero, siempre construyen, siempre son fecundos. Te cuento una experiencia minúscula. Tras la muerte de mi querido abuelo Víctor, vi cómo el dolor y el sufrimiento se personificaban en las caras de mis ocho tíos y de mi madre, parecía que nada los podía aliviar, parecía que todo estaba perdido. Estoy hablando de varias horas, en las que todos los primos, adolescentes o niños aún, nos sentíamos igual –algunos más que otros–, pero sobre todo muy desconcertados.  Pero, por encima y debajo de personalidades y creencias, todos nos queríamos y estábamos experimentando juntos la pérdida de un abuelo amado. Eso fue decisivo.

Por diversas circunstancias, la familia que formaron mis abuelos no tuvo especiales prácticas de piedad, pero para Dios eso es lo de menos cuando quiere actuar. De pronto, uno de los primos propuso rezar un Rosario a la Virgen María por el alma de mi abuelo, para que Dios lo lleve al Cielo.

No sé si solo lo noté yo, pero fue real… conforme pasaban los Ave Marías, conforme pasaban las decenas del Rosario, vi cómo cambiaban los rostros de mis tíos, de mi madre y de mis primos: Había sufrimiento -porque es lo natural– pero también paz. Encontramos el consuelo en Alguien que lo puedo todo. Nosotros ya no podíamos hacer nada por nuestro abuelo, pero Dios sí… y eso nos dio mucho consuelo, nos dio seguridad. Mucha paz.  Me dije a mi misma: ¡voy a dejarle espacios y tiempos a Dios para que pueda manifestar en mi vida el Amor que El es!

Temáticas: Familia