¡Que a ningún niño le falte el amor! ¡Su calor, ternura y protección!
Fragmento Original
“… ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o demasiado grande, con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres.” (La alegría del amor, n. 166)
Comentario
Conocí hace unos años a una pareja de universitarios de 20 años que, al salir ella embarazada decidieron casarse con todas las de la ley, matrimonio civil y religioso. También fui testigo de las múltiples críticas y comentarios que se suscitaron frente a su decisión: “Es el peor error, son demasiado jóvenes. No va a funcionar. Un hijo no es motivo para casarse.” Pero, bien pensado: ¿un hijo no es un motivo importante? ¿No es “motivo” –no mueve lo suficiente– para que sus padres le amen… y se amen?
Quizás tenían razón al pensar que era una decisión con demasiados riesgos y que no estaban obligados a tomarla por haber un hijo de por medio. Pero para mí significaba una expresión de generosidad. Ellos sabían que tenían la semilla del amor, porque se querían y estaban enamorados, y que valía todo el esfuerzo y sacrificio hacerla crecer y madurar para darle una familia a ese hijo. Pusieron su felicidad por encima de todo y esa será su fuerza para navegar su barco sabiamente.
Frente a tantas situaciones de embarazos no deseados en los últimos años, también es admirable la valentía de aquellas jóvenes mujeres que han decidido asumir con responsabilidad y sacar adelante, con o sin ayuda, esa nueva vida que llevan dentro en lugar de hacer caso a los consejos de quienes les dicen que es mejor y más fácil deshacerse del “problema”.
Los niños no tienen nunca la culpa de nuestros errores. No existen planes ni carreras exitosas que valgan más que la felicidad de un niño que se siente acogido y amado desde que fue concebido. Y es una irresponsabilidad gravísima o una maldad incalificable que un niño haya sido rechazado cuando anunció su existencia, no haya sido amado como hijo, o se le haya robado su derecho a tener padres que le amen y hogar cálido donde crecer. Estamos tan acostumbrados a que estos “crímenes” contra los niños, nacidos o por nacer, se cometan todos los días, que no nos damos cuenta el devastador efecto que causan en el corazón de esa infancia. Heridas íntimas –no amados y sin hogar- que les durarán a muchos toda la vida.









