El sentido del hogar familiar

El sentido del hogar familiar

Rosario de la Fuente

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Cada hijo amado, en la experiencia cotidiana y universal, descubre el amor en el testimonio del amarse de sus padres como esposos. Ellos –varón y mujer creados así a imagen y semejanza de Dios– son el primer rostro en la humanidad de la comunión de  Dios Trino mediante su amor de unión conyugal y su amor fecundo de la paternidad y maternidad.  No son dos amores separados. Son el mismo amor que, por serlo en su verdad integral, es fuente de vida.

Fragmento Original

“(…) En el centro encontramos la pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor. En ellos se realiza aquel designo primordial que Cristo mismo evoca con intensidad: “¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer?” (Mt 19,4) (…) Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó (Gen 1,27). (…) la “imagen de Dios” tiene como paralelo explicativo precisamente a la pareja “hombre y mujer” (La alegría del amor nn.9 y 10)

Comentario

Que el ser humano lo sea como varón o como mujer es porque, mediante esta diversa y complementaria manera de ser igual y completa persona humana, es imagen y semejanza de Dios Trino, su creador.

Es una realidad palpable que vemos todos los días a nuestro alrededor -en el lugar en el que vivimos y en el resto del mundo-  que los seres humanos están conformados como personas de ambos sexos en sus dimensiones: la espiritual, la psicológica, la corporal. La persona humana es un espíritu que encarna su humanidad en modo masculino y en modo femenino.

Pero la condición de persona de cada ser humano, varón y mujer, hace que en la humanidad la diferencia sexual trascienda la mera función reproductora, la cual sumerge a las especies vivas impersonales.  Varón y mujer, por personas, son un además trascendental al macho y la hembra. La razón de ser de la dualidad masculina y femenina es, a imagen y semejanza de Dios trino, el poder ser amante, amado y unión de amor. ¿Cómo así? Porque al modalizarse en masculino y femenino la naturaleza humana, varón y mujer pueden darse y acogerse en su misma, diversa y complementaria humanidad. Pueden comunicarse y unirse en la misma carne o naturaleza humana. Por eso, su amor y unión es la humana más íntima.

Así pues, el amor de unión entre varón y mujer –entre amante y amado– es el sentido originario y trascendente de la sexualidad humana. Lo podemos llamar, también, el “significado esponsal” del cuerpo personal masculino y femenino. Somos personas masculinas y femeninas, los seres humanos, no simplemente machos y hembras. Lo somos porque fuimos creados a imagen y semejanza de Dios Trino, que es comunión eterna de Amor. Bajo esa luz, fuimos hechos varón y mujer por amor y para amar. Obviamente, cada uno de nosotros, como personas, podemos hacer en la vida muchísimas cosas, entre otras, trabajar de sol a sombra, ganar más o menos dinero, votar en las elecciones, jugar y aburrirse, pintar, viajar, beberse un buen vino o ver televisión…  Pero la acción más excelente y la experiencia humana más íntima y personal es amar a nuestros seres queridos concretos.

La primera experiencia del amor es nuestra familia. Allí no somos manada. Ella no es cubil o guarida. Es el hogar: el espacio y los tiempos donde los esposos, padres e hijos, los hermanos, abuelos y nietos, además de muchas cosas y sobre todas ellas,  se aman incondicionalmente solo por ser cada uno quien es.

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