Soy afortunado. Mi padre y mi madre saben ser padres de hijos adultos, casados y con hijos. Me educaron para romper el cordón umbilical y dejarlos a ellos al casarme. Con su propio matrimonio, me enseñaron que mi cónyuge lo primero.
Fragmento Original
“Los padres no deben ser abandonados ni descuidados, pero para unirse en matrimonio hay que dejarlos, de manera que el nuevo hogar sea la morada, la protección, la plataforma y el proyecto, y sea posible convertirse de verdad en «una sola carne» (…) El matrimonio desafía a encontrar una nueva manera de ser hijos”. (La alegría del amor, n. 190)
Comentario
Nunca nos cansaremos de repetir lo que recuerda aquí el Papa, que es Palabra de Dios: “por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer…”. Para casarse hay que cortar el “cordón umbilical”, si es que todavía siguiera existiendo. El hogar paterno sigue siendo la “casa de los padres”, pero ya no es el hogar del hijo casado (por ejemplo: no tendría sentido seguir manteniendo allí “su habitación” de soltero, como si nunca la hubiera dejado y se esperase su regreso). El nuevo e independiente matrimonio tiene su propio hogar.
Si los padres quieren ayudar de verdad a que se consolide el matrimonio de sus hijos, lo mejor que pueden hacer es respetar su hogar, no interferir en sus vidas como si fueran menores de edad, no agobiarlos con una presencia constante que les robe la intimidad, con consejos no pedidos y advertencias sobre cualquier minucia. Los padres, que también son suegros, han de aprender el arte de pasar a segundo o tercer plano, renunciando a protagonismos. Deben dejar a los hijos casados gobernar sus vidas y problemas. Respetar exquisitamente que el cónyuge es el primer y más íntimo pariente del hijo o la hija casados. Demostrarlo con hechos.
Discutirán y se pelearán. Es normal. No hay que entrometerse, ni tomar partido por el propio hijo. Que aprendan a reconciliarse y entenderse. Rezar por ellos, pero dejarlos en paz. No minar su autonomía. No quebrar su independencia, con murmuraciones a sus espaldas. Claro está que se les puede ayudar y mucho. Los jóvenes matrimonios tienen muchas necesidades. Pero la ayuda ha de ser manteniendo la distancia, de forma tan generosa como discreta, sin pasar cuentas, sin pedir obediencias y sumisiones a cambio.
Si lo necesitan, ya sabrán ellos venir a pedir consejo. Si un día aparece el hijo o hija en la casa paterna porque se ha peleado con su cónyuge, se le recibe un momento y se le escucha en silencio, se le ayuda a tranquilizarse, no se le encona dándole fanáticamente la razón. El primer consejo empieza con la petición de que haga examen de conciencia y autocrítica, él o ella también son responsables de su matrimonio, se le hace ver que su casa no está allí, que tiene que regresar a la suya, con su cónyuge e hijos, y que es en su hogar donde debe prevenir o solucionar los problemas, antes de que se agraven y enquisten. ¡Ese mismo día! Son jóvenes y están a tiempo.









