Siempre soy hijo. Mi origen no es un anónimo azar. Tampoco mi destino. Ser hijo es tener adentro una identidad única con una valía incondicional. La de existir por amor y para amar. ¿Quiénes me confirman esta innata intuición y profundísima necesidad? Mis padres. Son los que me amaron “primero” al engendrarme.
Fragmento Original
“En cada persona, “incluso cuando se llega a la edad de adulto o anciano, también si se convierte en padre, si ocupa un sitio de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos hijos”. (La alegría del amor, n. 188)
Comentario
Hoy hay una reunión familiar en casa de los González. Están todos. Berta, Orlando, sus hijos, los nietos y la madre de Berta.
Primera escena: uno de los nietos pregunta a Berta: “¿Abuela, mi papá es tu hijo”? Berta sonríe y le responde que sí. “Entonces dile a tu hijo que nos deje comer chocolate antes de almorzar”. Berta sonríe y más aún cuando su nieto va donde el papá y le dice: “Papi, tu mamá nos ha dado permiso para comer chocolate”.
Segunda escena: viendo que Berta iba de acá para allá atendiendo el almuerzo, su madre le dice: “Hijita, siéntate a almorzar. Nosotros te ayudamos entre todos.” Berta se sienta a la mesa y su madre le acaricia la cabeza. Un niño, un pequeño nieto, pregunta en voz alta: “¿Abuela Celia, mamá Berta es tu hijita?”
Las preguntas de los nietos González nos llaman la atención. ¿Por qué? Porque nos parecen preguntas sobre cosas obvias, tonterías de niños. Hemos olvidado que no son “datos”, que son identidades amorosas. Lazos de compañía muy profunda. Respuestas al ¿quién soy yo y quién tú? Ese es el fondo que preguntan nuestros hijos pequeños a sus padres a sus abuelos. No son tonterías de la ignorancia infantil. Son cosas muy hondas. Desde ese fondo las sienten los niños y les da seguridad oír nuestras respuestas. Tal vez nos hemos olvidado de nuestra infancia, del hijo o niño que todos llevamos dentro.
De niños éramos más conscientes de ser hijos porque necesitábamos más apoyo, más ayuda, en muchas cosas: en procurarnos alimento, vestido, casa, medicinas, estudios, etc. Pero, sobre todo, amor incondicional, cariño, mimos, tierna y definitiva acogida, para toda la vida. Al llegar a la adolescencia la consciencia de ser hijos comenzó a diluirse, debajo de la búsqueda de nuestra independencia, pero no desapareció. Junto a las ansias de ser autónomos, reconocidos como mayores, incluso de rebelarnos frente a la autoridad paterna, permaneció la aceptación de que éramos necesitados sobretodo de ser escuchados y queridos. Quizás la madurez nos llegó junto al estreno de nuestro papel de padres y, por ese nuevo papel, la consciencia de ser hijos pudo esconderse aún más.
Son estas pequeñas escenas de la vida diaria las que nos hacen recordar que todos somos hijos y, por tanto, no somos seres surgidos del anonimato, con un origen impersonal y vacío de sentido. No somos seres aislados, sin lazos originarios entre personas, encerrados en un ego que no necesita a nadie. Todo lo contrario. Nuestro origen son personas concretas, nuestros padres, que nos amaron y engendraron. Somos hijos siempre. Genealogía entre personas. Lazos de amor entre generaciones. Abuelos, padres, hijos, nietos. Esos lazos son identidades originarias y amores íntimos entre personas singulares, identificadas, concretas. No somos soledades de principio a fin. Somos íntima compañía de vida entre unos y otros.









