Sean esposos y no wedding planners

Sean esposos y no wedding planners

Susana Mosquera

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Sean esposos y no wedding planners.

Fragmento Original

“La preparación próxima al matrimonio tiende a concentrarse en las invitaciones, la vestimenta, la fiesta y los innumerables detalles que consumen tanto el presupuesto como las energías y la alegría. Los novios llegan agobiados y agotados al casamiento, en lugar de dedicar las mejores fuerzas a preparase como pareja para el gran paso que van a dar juntos. Esta mentalidad se refleja también en algunas uniones de hecho que nunca llegan al casamiento porque piensan en festejos demasiado costosos, en lugar de dar prioridad al amor mutuo y a su formalización ante los demás”. (La alegría del amor, n. 212).

Comentario

Cuando una pareja de novios decide formalizar su compromiso, es muy probable que su primera preocupación sea la de reservar el local perfecto para celebrar la fiesta de la boda. Encargar las invitaciones y comprar el vestido de novia perfecto –el novio, no lo duden, es casi siempre un figurante en la obra- será la siguiente y fundamental etapa. Pasar por la parroquia para conversar con el sacerdote estará en la lista –y no es seguro, dado el aumento de celebraciones civiles en todo el mundo- en un último, ultimísimo lugar. Y muchas veces, acudirán a la iglesia más por el escenario de foto que acompañe a ese vestido perfecto y no por el significado profundo del acto.

De tal manera que, más que novios que se unen como esposos, esa pareja se convierte en wedding planners. Celebran un festejo y…entre ellos, no se funda nada profundo, sólido, de por vida. Dicen sí a la boda, a la fiesta, a la ceremonia. Pero ese sí no es la alianza conyugal que les une en fidelidad exclusiva y para toda su vida. Y si no hay ese consentimiento, tampoco habrá sacramento.

Se trata de un comportamiento equivocado y hay que revertirlo. Que los novios comprendan la importancia de la decisión personal que están a punto de tomar es una responsabilidad de todos, –sociedad, familia, amigos–; también de quien los prepare para recibir el sacramento matrimonial. Sobre todo, de ellos, de los propios novios, los que han de fundar su unión matrimonial.

La elaboración del expediente matrimonial no puede hacerse de cualquier modo; que el alto número de uniones civiles no sirva de excusa para justificar que una difusa, confusa o ausente intención matrimonial basta para cumplir los requisitos canónicos del matrimonio. Los cursos de preparación, la oportunidad de que los novios expongan su auténtica intención matrimonial de modo expreso, pueden ser de gran ayuda para definir elementos constitutivos de la unión conyugal y verificar si se cuenta o no con ellos.

¿Qué es esencial saber y querer? Que casarse –momento del consentimiento– es darse y acogerse el uno al otro, como el varón de esta mujer y como la mujer de este varón, de modo entero, sin reservas, en fidelidad exclusiva y para toda la vida, con la conjunta voluntad de ser una única unión.

Si los novios se preparan para manifestarse un consentimiento fundador de su unión, el resto de ayudas en los preparativos de la fiesta nupcial cobran su sentido y su lugar proporcionado. Que, si la hermana de la novia se quiere encargar de los arreglos florales, le dejen hacerlo; si la prima y su grupo de amigos del coro se quiere encargar de la música, que lo hagan; si amigos y familia quieren preparar las lecturas de la ceremonia con el sacerdote, pues bienvenidos; y si todos quieren seguir la fiesta hasta el día siguiente, no sean los novios tacaños y compartan con sus seres queridos la felicidad de ese día.

La fiesta nupcial celebra que la pareja se ha unido en matrimonio. Ese es su esencia. El meollo por lo que es una gran fiesta: la alegría por la íntima comunión de vida y amor que han fundado los nuevos esposos. Esa unión es su nuevo modo de ser. Ni de uno, ni de otro. Es el ser juntos la unión nuestra.

Temáticas: Matrimonio