El amor no es un mecanismo terminado. Es construcción. Abierto hacia el futuro. Tendrá los cimientos, la altura y la robustez que juntos queramos darle.
Fragmento Original
“La danza hacia adelante con ese amor joven, la danza con esos ojos asombrados hacia la esperanza, no debe detenerse.” (La alegría del amor, n. 219)
Comentario
Abunda la visión de la boda como el “final feliz” de una historia de amor, al estilo del “y vivieron felices para siempre” con que terminan algunos cuentos y películas.
La boda se convierte así en la meta final, el punto máximo de crecimiento y expresión del amor. Como si a partir de ahí ya no se pudiera amar más y mejor al otro. Pero una boda no es el final. Todo lo contrario. Es el principio. ¿De qué? De un amor especial. Los esposos que, por amarse como novios, han decidido un paso adelante y mayor: ser una unión íntima de amor y de vida. Esa unión es ahora y para toda la vida su mismo ser: su identidad de esposos.
Si tenemos la dicha de ver unidos a nuestros padres y abuelos, queriéndose y respetándose, tendremos claro ejemplo de que su boda no fue el punto de llegada sino el de partida del ser una unión de vida. Que es posible el hacer crecer más el amor a partir de allí, una necesidad indispensable para seguir hacia adelante superando las dificultades. Claro que es posible, sin importar la edad o situación que se viva, lograr juntos que el amor se mantenga joven y se exprese en nuevas formas de entrega, acogida y servicio, de paciencia y amabilidad con el otro, de compañía y confianza íntimas. Los que se aman así se vacunan contra la soledad y el vacío interior.











