El único ser con poder y necesidad de amar

El único ser con poder y necesidad de amar

Mariela Briceño

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Tu amado no es una lotería. Tampoco una imposición. Es una elección tuya, libre y sabia. El amor es conocimiento recíproco, no ignorancia mutua. No juegues a la ruleta con el amor. Quien se estima, selecciona.

Fragmento Original

“… la inquietud del varón que busca <<una ayuda recíproca >>…, capaz de resolver esa soledad que le perturba y que no es aplacada por la cercanía de los animales y de todo lo creado. … Es el encuentro con un rostro, con un <<tu >> que refleja el amor divino y es << el comienzo de la fortuna, una ayuda semejante a él y una columna de apoyo>>” (La alegría del amor, n. 12)

Comentario

No somos vegetales, ni animales, que no pueden amarse. Somos personas: el único ser con poder de amar.  La elección de tu amado, del varón o mujer que han de ser tu compañía íntima, no puede ser fruto del azar o la necesidad, como el apareamiento en el mundo animal. Sino de la libertad y de tu sabia elección, porque amar es propio del universo de las personas. Y las personas somos razón que conoce y voluntad libre.

No tener cuidado en la elección del “otro”, puede acarrearte decepciones, sufrimientos. Y fracasos. Hay peligro de marearse en el vértigo de estos impulsos: el buscar amar por la necesidad de ser amado.  La necesidad puede llevar a equivocarse en la elección del otro/a, de ese “tu” que acompañará y disipará la soledad que se siente y que es el inicio del amor conyugal. Esta elección, que ha de ser encuentro libre y sabio, encierra en si algo misterioso, inefable, divino. Es el descubrimiento recíproco de la intimidad de sus personas.

Resalto la importancia de saber lo natural de esta polaridad –la necesidad de ser amado o la capacidad de amar– y la importancia de madurar desde la necesidad hacia la capacidad, de la reflexión personal para conocer “la verdad real” de a quién busco amar y la “bondad auténtica” de lo que quiero amar, para evitar, en la medida de lo posible, una mala elección.

Por desgracia, he visto algunos naufragios conyugales. Me impresionó constatar que, en la mayoría, ambos se desconocían real y profundamente ya desde antes de casarse. A veces, cada uno se había inventado al otro, fabulando un personaje que necesitaba pero que no existía.  Es imposible amarse –conservarlo y crecer- en la ignorancia el uno del otro.