El amor maduro

El amor maduro

Juan Carlos More

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Si no has madurado como persona, tampoco lo será tu capacidad de amar. Los logros profesionales o la acumulación de muchos años no es lo mismo que la madurez afectiva. ¿Sigues teniendo adentro un niño caprichoso y egocéntrico?

Fragmento Original

“La propia infancia o la propia adolescencia mal vividas son caldo de cultivo para crisis personales que terminan afectando al matrimonio. Si todos fueran personas que han madurado normalmente, las crisis serían menos frecuentes o menos dolorosas. Pero el hecho es que a veces las personas necesitan realizar a los cuarenta años una maduración atrasada que debería haberse logrado al final de la adolescencia. A veces se ama con un amor egocéntrico propio del niño, fijado en una etapa donde la realidad se distorsiona y se vive el capricho de que todo gire en torno al propio yo. Es un amor insaciable, que grita o llora cuando no tiene lo que desea. Otras veces se ama con un amor fijado en una etapa adolescente, marcado por la confrontación, la crítica ácida, el hábito de culpar a los otros, la lógica del sentimiento y de la fantasía, donde los demás deben llenar los propios vacíos o seguir los propios caprichos.” (La alegría del amor, n. 239)

Comentario

Madurar significa pasar de la necesidad de ser amado a la capacidad de amar. La persona afectivamente madura no se tiene a sí mismo –sus deseos, caprichos y carencias– como predilecto. Quien ama es capaz de preferir el bien de sus amados a la satisfacción egocéntrica de sí mismo.

Los clásicos entendieron que las virtudes personales eran el mejor método práctico y eficaz para madurar como amador. Tener hábitos de justicia, templanza, generosidad, prudencia, respeto, afabilidad, paciencia, escucha, compasión y misericordia, etc. etc. Los amadores son virtuosos al amarse o se les deteriora pronto su relación.

Para superar la tendencia egocéntrica es necesario ejercitar todas estas herramientas para fomentar una comunicación abierta y honesta entre los esposos, que haga posible la confianza y comprensión de ambos, evitando que mayores conflictos o resentimientos dañen más las heridas que se quisieron curar inicialmente. A ningún miembro de la familia (en el pasado) se le ha preparado para comunicarse bien entre cónyuges y para resolver conflictos. La que llaman “educación sexual” de la juventud se reduce a la mecánica coital y a la contracepción.  Con esos pobres y desenfocados conocimientos, es imposible fundar una unión conyugal, conservarla viva, superar las pruebas de la convivencia y las que trae la vida, educar a los hijos, saber recomponer distanciamientos.

Esta madurez, sabiduría y artes del buen y verdadero amor se tienen que aprender y ejercitar para fundar un matrimonio con garantías de unión profunda, armónica, y con éxito de por vida.

Temáticas: Valores y virtudes