¿Quieres saber que tiene adentro el amor auténtico? Si lo abres en canal, verás un hervidero de virtudes. Cada una es una peculiar bondad y belleza. ¿De qué? Del don y la acogida que, entre sí, son quienes se aman.
El amor, de suyo, es virtuoso. Si en su entraña no hay virtudes, no es amor o morirá pronto.
Fragmento Original
“En el así llamado himno de la caridad escrito por San Pablo, vemos algunas características del amor verdadero: El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Co 13, 3-4). Esto se vive y se cultiva en medio de la vida que comparten todos los días los esposos, entre sí y con sus hijos. Por eso es valioso detenerse a precisar el sentido de las expresiones de este texto, para intentar una aplicación a la existencia concreta de cada familia. (La alegría del amor, n. 90)
Comentario
Lo que quiere decirnos el Papa Francisco, siguiendo el famoso texto de san Pablo, es que las virtudes no son un código moral o religioso que está afuera del amor. Y que, para que el amor esté sano, no enloquezca y desordene, o se muera, desde los códigos morales y religiosos se le inyectan las virtudes, a modo de penicilinas, para prevenirle o para curarle las infecciones. ¡Qué gran error ¡Las virtudes están adentro del amor mismo, son sus entrañas!
Aún más, del seno del amor es de donde nacen, viven y crecen las virtudes. Y donde no hay amor, donde prevalece el egoísmo y sus encerramientos, es de donde nacen los vicios, los abusos y maltratos a al prójimo.
Quien ama es virtuoso y quien es virtuoso ama, porque todas y cada una de las virtudes, que del seno del amor nacen, son un peculiar bien para el prójimo. Por ejemplo: si eres generoso, amas; si eres miserable, cicatero, tacaño, avaro… no amas. Si eres paciente, amas; pero si eres irritable, agresivo, impaciente… no amas. Si eres fiel, leal, sincero y honesto, amas; pero si eres traidor, mentiroso, desleal, infiel y defraudas… no amas. Y así con todas las virtudes y sus contrarios.
Amamos como somos. Con defectos corregibles y virtudes mejorables. Paso a paso. Dosis a dosis. ¿Cuándo y dónde? En ninguna isla exótica y mágica. En medio de la convivencia diaria en familia. El ejercicio de las virtudes deja de ser un concepto abstracto, una nube doctrinaria, y cobrar vida en alguien concreto y real –este cónyuge, este hijo, este hermano– a quien se ama aquí y ahora, en los eventos ordinarios del cada día.
El amor y la unión entre marido y mujer se facilitan cuando ambos descartan su egocentrismo y –por decisión propia, consciente, libre– privilegian al otro. Esta predilección hacia el amado, en vez de a uno mismo, es un proceso y una conquista conyugal. Conyugal quiere decir conjunta, que se hace conversándolo, siendo conscientes del proyecto, ayudándose el uno al otro, en vez de reprocharse los tropezones y caídas. Dura toda la vida. Pero se crece. Cuando los esposos se alían en este empeño conjunto, lo irradian al resto de los lazos familiares. Se forjan así hábitos en muchas virtudes. Y con ellos, una atmósfera amorosa, cálida, acogedora, de confianza y solidaridad en el seno del hogar.
Poco a poco, esos hábitos de recíproca predilección traen un fruto fascinante. Es la alegría del amor, que así titula su documento el Papa Francisco. Es una alegría radical, de fondo, capaz de subsistir debajo de dificultades y hasta calamidades. Alegría que hace gustoso, en vez de huraño y amargo, estar al servicio de los demás; disponible para descubrir nuevas formas de expresar el cariño, la ternura, la compañía, la inspiración en atender al otro con sensibilidad hacia lo que necesita y lo que espera.
Gracias a sus amores la familia es escuela de virtudes y valores. En su seno, que es el hogar, los hijos entienden lo que supone amar en la tierra como antesala al cielo. Aprenden a usar su libertad para elegir el desprendimiento y superar el egoísmo. Crecer en ser don y acogida, más y más, les durará toda su vida, pero su raíz se ha sembrado en su familia.





