Fecundidad del amor y poder de vivificar son lo mismo. El amor conyugal da vida a sus hijos. No se queda sólo en la crianza. Les construye un hogar y una familia llenos de vida. No se limita ahí. Una familia llena de amor, como el buen samaritano, sale de sí misma, no da la espalda a los necesitados, es hospitalaria y atiende a los malheridos por la vida.
Fragmento Original
“La procreación o la adopción no son las únicas maneras de vivir la fecundidad del amor. Aun la familia con muchos hijos está llamada a dejar su huella en la sociedad en la que se inserta” (La alegría del amor, n. 181)
Comentario
El poder de dar vida, propio del amor, no termina en engendrar los hijos. Su poder transformador transciende los muros de un hogar. Se manifiesta siempre en acciones solidarias: la ayuda a los ancianos, los inmigrantes y extranjeros, los desposeídos, los enfermos, los niños abandonados o necesitados, los que pasan hambre, cualquiera que sufra un estado de precariedad. La familia, por causa del amor, es ella misma el buen samaritano. Un hogar es escuela, desde el nacer hasta el morir, de las obras de misericordia.
Una familia que se comporta como un núcleo aislado, un fortín amurallado contra lo exterior, no puede realizarse plenamente, aunque tenga sus necesidades resueltas. Si su amor no les pide darse, acoger, amparar, irradiar, abarcar, extender su solicitud a más personas, algo falta en sus amores.
Una familia no es una tribu ensimismada y fanática de lo suyo, hostil a quienes no son de su sangre. Una familia, si es amorosa de verdad, es un hogar con su calor abierto a quienes sufren, están marginados, heridos y abandonados. Y esa educación en el amor generoso la enseñan los padres a su hija, los abuelos a sus nietos.
Es verdad que el primer ámbito, desde cuyo núcleo u horno surge todo el calor, la luz y la irradiación de su amor, es el hogar con sus hijos. Aunque no sean conscientes de ello, con su trabajo y su esmero en ser buenos padres, iluminan su ambiente y edifican la buena experiencia familiar que será la mejor educación y herencia llegada a sus hijos.
Un matrimonio amoroso, aunque sea estéril no es infecundo. Desde el centro de su hogar, los esposos sin hijos, extienden su poder de dar vida, luz, calor, esperanzas, generosidad, alegría, fortalezas y tantas otras virtudes, que el amor mismo es, hacia sus otras familias y amigos, hacia cuantas personas y ambientes tocan.






