El amor bueno, el verdadero, el bello es limpio de corazón. No busca apropiarse y dominar al otro, no maquina ni manipula, no codicia cuerpos para usar, abusar y tirar.
Fragmento Original
“Es preciso recordar la importancia de las virtudes. Entre estas, la castidad resulta condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal” (La alegría del amor, n. 206)
Comentario
La palabra “castidad” puede ser percibida en un sentido negativo como una restricción o represión de la sexualidad humana. Incluso en el navegador Google se le define como una “renuncia a todo placer sexual”, sin dar más explicaciones. ¡Menuda pobreza de ideas!
Más que una renuncia, en el caso del enamoramiento y, luego, del amor conyugal, se trata de un gobierno de uno mismo dirigido a que el deseo lo sea del donarse al bien del otro, en vez de ser una pulsión del codicia del cuerpo sexual ajeno para satisfacerse a sí mismo. Se trata de ser capaz de dominar el propio impulso para amar más y mejor, porque solo quien es dueño de sí puede entregarse completo y con libertad a otra persona.
¿Quieres aprender a amar en serio? Pues, lava tu corazón de la codicia y la apropiación venére sobre el otro, visto como objeto sexual, pero no como persona a la que amar y respetar. No es posible amar con un corazón sucio, codicioso, manipulador, prepotente, con ocultas intenciones de usar, abusar y tirar. Si tienes claro que amar pide transparencia de intenciones, honestidad de corazón entre los que se aman, respeto y consideración, entonces entenderás sin más qué es la castidad. Le darás el nombre que prefieras. Es limpieza del corazón. Bondad y generosidad de las intenciones, la cuales son de don en vez de apropiación.
No es una represión de la sexualidad, sino depuración de sus egoísmos. Aprender a gobernar las compulsiones egocéntricas, que no miran más que la propia satisfacción inmediata, para ver más a fondo y a mayor distancia lo que es bueno para la relación, para el nosotros que somos y que debemos cuidar.





