No se puede confiar en quien nos miente. Y perdida la confianza, su lugar lo ocupan sombras oscuras: la sospecha, la suspicacia, la inseguridad y los miedos. ¿Qué amor puede sobrevivir así?
Fragmento Original
“El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar.” (La alegría del amor, n. 115)
Comentario
He sido testigo muchas veces de relaciones dominantes, posesivas, donde se ahoga la libertad, donde en vez de confianza hay temor, distancia y desunión. Hay también engaño –y quizás autoengaño- porque con frecuencia se excusan estas actitudes de apropiación y dominio en nombre del amor, algo así como “te controlo porque te amo”. Es una falsedad. En realidad, lo que ocurre es “que te controlo porque eres de mi propiedad, porque soy tu dueño”.
Pero el amor ¿no es acaso don, que se ofrece, en vez de apropiación, que se impone? ¿Cómo puedo confiar en quien quiere poseerme y no sabe hacer otra cosa que mandar, controlar y someter? Bajo el nombre de amor, hay formas encubiertas de tener un esclavo a la orden. Sin respeto a la libertad y faltando a la verdad no hay confianza y sin ésta es casi imposible que una relación crezca.
Pienso que la confianza, en cualquier amor y sobre todo en el de pareja, es un valor imprescindible, pero me temo que escaso hoy en día. La confianza va unida a decirse la verdad y se pierde cuando nos mentimos. Y hoy se miente mucho y se aparenta demasiado ser lo que no se es. Debemos esforzarnos por ser personas honestas en todas nuestras relaciones amorosas y dejar de lado incluso las “mentiras piadosas”. La mentira se nos puede convertir en un hábito, en una manera de relacionarnos, en un recurso para adueñarnos o para manipular a los que decimos amar. Porque no podemos habituarnos a mentir en casa, a nuestros padres o hermanos, para luego ser sinceros, honestos y transparentes con nuestra pareja.
Qué distintas son las relaciones donde cada uno dice la verdad y confía en que el otro cumple su palabra. Hace todo lo posible por cuidar de la relación. Si comete un error, si tiene limitaciones y defectos, los reconoce, no se justifica siempre trasladando las culpas al otro, y pone de su parte para enmendarse y mejorar. Donde se respetan los espacios de libertad de cada uno. Donde se ayudan mutuamente, con generosidad y sin reproches. Estas sí son relaciones realmente fuertes y sanas.


