Una crisis es una prueba. Una oportunidad de unirse más, si ambos esposos, juntos, se ayudan a superarla. Un peligro de naufragio, si cada uno por su lado la convierten en acusaciones, reproches y división.
Fragmento Original
“Como enseñaba san Juan de la Cruz, «los viejos amadores son los ya ejercitados y probados». Ellos «ya no tienen aquellos hervores sensitivos ni aquellas furias y fuegos hervorosos por fuera, sino que gustan la suavidad del vino de amor ya bien cocido en su sustancia […] asentado allá dentro en el alma». Esto supone haber sido capaces de superar juntos las crisis y los tiempos de angustia, sin escapar de los desafíos ni esconder las dificultades.” (La alegría del amor, n. 231)
Comentario
Hoy, cuando se ha impuesto una cultura de lo desechable y también la de la satisfacción inmediata, los matrimonios jóvenes se pueden asfixiar frente a las dificultades, empezando por las normales, que trae consigo la convivencia matrimonial. También los menos jóvenes.
Un matrimonio no es solamente un tú y un yo, es además y sobre todo la unión, el nosotros que juntos somos. A veces esa visión del ser unión no se tiene. Se sigue pensando y conviviendo en términos unilaterales e individuales: un yo y un tú que buscan su satisfacción particular mediante intercambio de servicios e intereses. Si ese intercambio no satisface a una parte, se acabó, la cosa ya no les funciona. No se han dado cuenta del ser unión, del único nosotros que el amor construye. Y no habiendo cuidado de la unión, ésta no se conserva –pues no existe– cuando cada yo tira para su lado.
La poca tolerancia individual al fracaso los puede bloquear frente a un problema, impidiéndoles encontrar un camino a la reconciliación. Los medios inundan la sociedad de modelos “individualizados” de matrimonio y estándares irreales de satisfacción y felicidad, basados en la acumulación de bienes materiales, en vez de apuntar a un mejoramiento interno y personal, así como un crecimiento de ambos cónyuges como unión.





