Todos nuestros matrimonios y familias, todos sus amores, caminan por la senda estrecha, la que está repleta de dificultades, pruebas y evidencia de nuestras limitaciones. Nadie puede afirmar que su matrimonio o su familia posee la completa perfección y la plenitud concluida del ideal, salvo que padezca una perfecta y plena estupidez. Por eso forma parte del amor real la ternura y misericordia de unos con otros.
Fragmento Original
“El matrimonio cristiano, reflejo de la unión entre Cristo y su Iglesia, se realiza plenamente en la unión entre un varón y una mujer, que se donan recíprocamente en un amor exclusivo y en libre fidelidad, se pertenecen hasta la muerte y se abren a la comunicación de la vida, consagrados por el sacramento que les confiere la gracia para constituirse en iglesia doméstica y en fermento de vida nueva para la sociedad. Otras formas de unión contradicen radicalmente este ideal, pero algunas lo realizan al menos de modo parcial y análogo. Los Padres sinodales expresaron que la Iglesia no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio” (La alegría del amor, n. 292).
Comentario
He seleccionado este pasaje por tres razones que estimo muy importantes para interpretar al Papa Francisco en La alegría del amor, sobre todo en el capítulo octavo.
La primera razón es porque sintetiza muy bien el matrimonio que la Iglesia propone a los esposos. El Papa Francisco confirma, como no puede ser de otro modo, la Revelación, la Tradición y el Magisterio sobre el matrimonio entre bautizados y su dimensión sacramental. Conviene recordar esta fidelidad magisterial porque, a propósito del discernimiento sobre los casos “irregulares” –los que no parecen responder al ideal–, se ha acusado al Papa Francisco de desviarse de la doctrina tradicional y, laxamente, ofrecer diferentes morales, ideales, y soluciones a la carta para los casos “alejados del ideal”, que irían en contra de la “única doctrina ideal y verdadera”. Sirva este pasaje sobre el matrimonio, aunque hay docenas de ellos, para desmentir esas acusaciones.
La segunda razón es por el realismo de nuestros amores. Nuestros amores familiares son verdaderos amores, lo que no significa que sean perfectos. ¿Cómo podrían serlo si quienes nos amamos no somos perfectos, sino bastante adornados de muchos defectos? Bien lo sabemos al examinarnos, con humilde realismo, en nuestra real y concreta vida de esposos, padres, madres, hijos, hermanos, abuelos y nietos. Cierto es, además, que hay casos leves, otros más graves y algunos desesperados. Dios no nos ama porque seamos perfectos –que solo santo y perfecto es Él–; nos ama porque es infinitamente bueno y fiel amador. Y ahí es donde viene nuestro consuelo y la misericordia de nuestros corazones. También en “casa” no amamos a nuestro cónyuge, hijos, hermanos, nietos o abuelos porque sean perfectos. Les amamos porque son los “nuestros íntimos”, los de nuestra misma carne y sangre, porque así nos dimos libre y gratuitamente, para pertenecernos como el varón de esta mujer y la mujer de este varón, o porque compartimos el origen como engendradores y engendrados. Por esas profundas intimidades de unos con otros nos amamos, nos ayudamos, nos levantamos y socorremos, nos acompañamos y luchamos por nuestros lazos de unión. Con tiernas, pacientes y fieles misericordias. Sin rendirnos en los combates, pruebas, dificultades y limitaciones. Porque la victoria en amor, entre quienes estamos muy surtidos de defectos y malicias, es el mismo luchar sin rendirse nunca.
La tercera razón es que, asumido que nadie es perfecto y que en mayor o menor medida sufrimos muchas y diversas limitaciones, resplandece el descubrimiento de que la misericordia es una dimensión esencial de la verdad de nuestros amores conyugales y familiares. Constituye una dimensión esencial de la fidelidad. Si amamos, no podemos ser depredadores, carroñeros ni “cazadores” del prójimo, es decir, utilizar sus imperfecciones para marginarle, despedazarle, desatenderle, humillarle y alejarnos. No es de buen amor, sino lo contrario, emplear la “doctrina ideal” como el arma con que los rematamos y condenamos, porque no la cumplen en sus vidas.
Si Jesucristo, fuera “inmisericorde e implacablemente justo” con nosotros, sin mirarnos con su corazón infinitamente amoroso y compasivo, estaríamos todos condenados. Este es un gran consuelo para nuestras imperfecciones. ¿Por qué? Porque es una directa e intensa revelación, constante en el Evangelio, sobre qué clase de amor “real” es el que debemos darnos unos a otros en familia: el de la tierna misericordia, el de la acogida, confianza, cercanía y compañía íntima, el del socorro incondicional en la fortuna y el infortunio, la salud o la enfermedad, en “lo bueno y en lo malo”. Si el samaritano del Evangelio atendió a un desconocido, que encontró malherido en los márgenes de la vida, con mil veces más razones debemos ser samaritanos de nuestros cónyuges y familiares, que son los nuestros íntimos, en lo que pueda sucederles a lo largo de la vida. Lo fácil es excusarnos, como hicieron el levita y el letrado, y lo difícil es implicarse personalmente, porque eso cuesta tiempo, constancia, mucho paciente esfuerzo y una gran esperanza en que, en algún momento, nuestro amado malherido o perdido, se recuperará.





