En toda crisis late una luz. Te explica los porqués de heridas y distancias. Te ilumina el camino para curarlas. Y ante la inminencia del naufragio, esa luz te da a elegir entre acusar, echar las culpas a los demás, y ahogarse juntos; o bien, conocerte mejor, corregirte, ofrecer la mano, perdonar y levantarse juntos. Es duro verse al desnudo, pero te hace crecer. Si de verdad amas, en una crisis elegirás amar mejor. Pero si al que más amas es ti mismo, naufragarás entre reproches amargos.
Fragmento Original
“La historia de una familia está surcada por crisis de todo tipo… Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión… Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la experiencia matrimonial… Es bueno acompañar a los cónyuges para que puedan aceptar las crisis que lleguen, tomar el guante y hacerles un lugar en la vida familiar. Los matrimonios experimentados y formados deben estar dispuestos a acompañar a otros en este descubrimiento, de manera que las crisis no los asusten ni los lleven a tomar decisiones apresuradas.” (La alegría del amor, n. 232)
Comentario
He podido ver cómo matrimonios a los que los mismos familiares y amigos (¡incluso cristianos!) daban por “desahuciados”, se pueden arreglar con la ayuda que reciben en un grupo, en un retiro familiar, en unas dinámicas entre esposos, en las que participan con otros matrimonios y guías que les van ayudando a reconciliar cosas que, algunas, pasaron quizá en el noviazgo o en los primeros años de casados. Si los dos quieren, las cosas tienen solución, las crisis se superan. Vale la pena intentarlo, pidiendo toda la ayuda que sea necesaria.
En toda crisis hay adentro una oportunidad específica para ambos esposos de conocerse y amarse mejor, con un amor más maduro y realista. Si se tiene el coraje y la humildad de aceptar el propio fallo, de desactivar los reproches y resentimientos hacia el otro, si se está dispuesto a dar otra vez la mano, los esposos cruzan el umbral hacia una unión más profunda y renovada, una unión que deja el pasado atrás y que saca lecciones para el futuro. Y vale la pena. Vale todas las penas. Es decir, las podas de uno mismo y el perdón.
Todo matrimonio veterano ha pasado por sus crisis, las han navegado como marinos esforzados en medio de las tormentas. Algunas inesperadas, otras buscadas, todas oscuras. Al fin, ahí están juntos, mucho más maduros y conociéndose bien, irradiando su unión de amor a sus hijos y a sus nietos. ¡Qué colosal, inapreciable e inigualable es ese legado! Claro que les valió la pena “dar a luz” su unión, cada vez más probada y mayor, con dolores de parto. No fue fácil, pero sí bueno. Costó, sí, pero su premio ha sido la tierna compañía y la confianza íntimas entre veteranos amadores. Su amor y unión, sostenidos contra vientos y mareas, los libró de las tragedias secretas: la soledad, la tristeza, la fragmentación de las vidas en pedazos, y los vacíos.





