¡Sí quiero! Es un ¡sí queremos juntos! Es un sí ¡al futuro por hacer juntos! Es un sí a ¡mantendremos viva nuestra unión superando y engrandeciendo lo que la vida acarree cada día!
Fragmento Original
(…) un desafío de la pastoral matrimonial es ayudar a descubrir que el matrimonio no puede entenderse como algo acabado. (…) La mirada se dirige al futuro que hay que construir día a día con la gracia de Dios, y por eso mismo al cónyuge no se le exige que sea perfecto. (…) El sí que se dieron es el inicio de un itinerario con un objetivo capaz de superar lo que planteen las circunstancias y los obstáculos que se interpongan. (La alegría del amor, n. 218)
Comentario
Casarse es fundar una unión íntima de vida y de amor. Es el compromiso conjunto de conservarla viva, de hacerla crecer y de restaurar las equivocaciones cada día. El gran tesoro del matrimonio es su unión. La unión de amor hace la fuerza. Las desuniones la debilitan y matan. La ventaja de mirar juntos a largo plazo es que despierta la conciencia común del fiel y leal compromiso, basado en un amor vivo e intenso de los esposos de crear juntos el mejor proyecto común que ambos puedan hacer posible, comprendiendo que el amor también son actos de voluntad conjunta, consensos, no un sentimiento débil, cambiante y pasajero y, encima, solo individual y ensimismado.
A propósito de esto, tuve noticia alguna vez de una frase que traía a colación lo siguiente: el amor no es cosa de dos, sino de tres, tú, él/ella y Dios. Esta complicidad de Dios, con sus luces, fuerzas y gracias, es el sacramento. Pienso que esta consideración es indispensable para aprender a vivir la vida conyugal como algo inacabado y por tanto llamado a crecer –muy por encima de las dificultades–, y que, visto así, pone a marido y mujer en situación de creadores, de productores y de protagonistas de su propia historia.
No es más apropiado aquel o aquella que es más parecido a nosotros. La identidad no es el secreto. El cónyuge más apropiado es el capaz –con su lucidez, entrega y arte sabio– de cosechar unión de cualquier escenario que traiga la vida. Ese unirse no viene solo, como el amanecer o la lluvia, surge del amarse pase lo que pase, del acoger y corresponder a los esfuerzos del otro, de hacer grato el amarse, en vez de desagradable o de amargo.
Disfrutar de un amor maduro, con la fiel complicidad de ambos esposos en mantener viva la unión y su comunicación, abre las puertas a una riqueza interior muy grande, capaz de una comprensión ilimitada hacia la actuación y la persona del otro, que aleja a los cónyuges de llevar cuentas de los méritos o deméritos, que les hace levantarse y ayudarse el uno al otro.
Como decía la Madre Teresa: “Cuando no sé qué hacer siempre le pregunto al Amor. Ese nunca se equivoca”.





