No añadas leña al fuego. No te incorpores a la guerra. Trae paz, alivio, cercanía, compasión. Sé punto de encuentro. Eso es amar en las crisis matrimoniales y familiares. No seas otro de los pirómanos.
Fragmento Original
“Es verdad, por ejemplo, que la misericordia no excluye la justicia y la verdad, pero ante todo tenemos que decir que la misericordia es la plenitud de la justicia y la manifestación más luminosa de la verdad de Dios. (…) Esto nos otorga un marco y un clima que nos impide desarrollar una fría moral de escritorio al hablar sobre los temas más delicados, y nos sitúa más bien en el contexto de un discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso, que siempre se inclina a comprender, a perdonar, a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar” (La alegría del amor, n. 311-312)
Comentario
En los casos en que se ha dado una ruptura del vínculo matrimonial se requiere ser muy prudente para que, sin contravenir la justicia ni generar un irresponsable relativismo, se ponga en el centro la misericordia con las personas a las que hay que acoger, acompañar y ayudar: «Una cosa es el pecado y otra el pecador»; «Integrar no excluir»; «Justicia sin misericordia es crueldad y misericordia sin justicia genera disolución».
Ante la ruptura de un matrimonio se requiere practicar un profundo y prudente discernimiento para reconocer las distintas circunstancias personales de los cónyuges y de sus hijos. ¿Con qué finalidad? No para condenar o absolver. No para, como los pirómanos, echar más leña al fuego.
Discernir es comprender, con la luz de la verdad y el calor del amor, las soluciones que mejoran el caso particular en su singularidad.
Conocer, escuchar, acoger y aliviar para unir la justicia, ayudando a defender los derechos de quienes más se han visto afectados o de aquellos miembros de la familia que son los más débiles, armonizando lo justo (no colaborando o impulsando acciones disolutas) con las actitudes propias del buen amor, la misericordia con las personas responsables e involucradas sin juzgarlas.
Una ruptura matrimonial, con sus fracturas familiares, es un terrible fracaso y una tragedia que devasta las intimidades. Es necedad de máxima estupidez o gran malicia el enconar los odios, dividir y manipular a los hijos, convertir las familias en enemigas irreconciliables. Las guerras, mucho más en familias, son una derrota para todas las partes y una destrucción que las deja arrasadas.
No contribuyas a multiplicar las desgracias. Salva cuanto sea posible. Comenzando por los niños, los más inocentes. Pon amor: acoge, escucha, alivia, acompaña, levanta, pacifica, acerca, busca puntos de encuentro. Haz como Dios, que es ese Amor de misericordia con todas nosotras flaquezas y miserias.

