Discernimiento de las situaciones irregulares

Discernimiento de las situaciones irregulares

Pedro Juan Viladrich

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La mirada del amor no es genérica, anónima, uniforme, e impersonal. Así nos ve la ley. La del amor es concreta, singular y personalizada para cada amado y su vida. El amor mira al amado con tierna misericordia. Le levanta, acompaña, cuida y ayuda para que se recupere lo antes y lo mejor que sea posible. No aparta, condena, castiga y excluye. Para quien ama no hay malditos y marginados, sino prójimos heridos, en apuros, para los que no ahorramos nuestra ayuda personal. Ese es el espíritu de Jesucristo en la parábola del buen samaritano, en la curación de tantos enfermos de cuerpo o de alma, en su corazón abierto a amar, perdonar y resucitar.

Fragmento Original

“Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que «cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación». También está el caso de los que han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono injusto, o el de «los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido». Pero otra cosa es una nueva unión que viene de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que reiteradamente ha fallado a sus compromisos familiares. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia. Los Padres sinodales han expresado que el discernimiento de los pastores siempre debe hacerse «distinguiendo adecuadamente», con una mirada que «discierna bien las situaciones». Sabemos que no existen «recetas sencillas»” (La alegría del amor, n. 298).

Comentario

Discernir es, ante todo, conocer en su singularidad el caso particular. Porque atenderlo de forma personal, abrirle las soluciones ajustadas a su caso, y ayudarle a encaminar sus pasos reales y posibles hacia una mejora (y un mayor acercamiento a Jesucristo), es imposible si nuestro enfoque es genérico, anónimo, lejano e impersonal. Quien mira desde el amor conoce, se abre, acompaña y ayuda a la persona singular, concreta e irrepetible. Quien, sin amor, mira desde la ley, se expone a ver súbditos abstractos, entes genéricos, números de un montón anónimo e impersonal.

¿Qué hacemos en familia? No vemos entes abstractos: cónyuges, hijos, hermanos, padres… ¡Dios nos libre de semejante mirada anónima y lejana! Vemos a ésta mi esposa o este mi marido, a éste hijo o hija, a este hermano, en su irrepetible singularidad y, por eso mismo, podemos escucharle, conocerle, atenderle y ayudarle en sus particulares necesidades de una manera real, posible y eficaz. ¿Por qué? Porque les amamos y el amor conoce y atiende a cada persona en su irrepetible singularidad y discierne sus particulares circunstancias.

En las situaciones matrimoniales y familiares, que en abstracto calificamos de “irregulares” porque parecen alejadas del ideal de vida cristiano, la mirada del amor, del respeto y la misericordia, que debemos en justicia a cada persona, nos obliga a examinar a fondo toda su particularidad. Salvar es salvar, mejorar es mejorar; no es condenar, ni desesperar a las personas. Cuando así lo hacemos –como he experimentado constantemente en consulta-, emergen importantes y particulares factores explicativos, atenuantes, incluso eximentes de la famosa “irregularidad”. Por ejemplo, bajo un fracaso matrimonial, no era extraño descubrir que había un defecto básico en la estructura misma de la relación, que bajo otra perspectiva diagnóstica podía llamarse nulidad matrimonial: incapacidades psíquicas e inmadureces severas, ignorancias y errores sustanciales, errores y engaños, exclusiones de elementos esenciales del matrimonio, faltas de libertad, condiciones incompatibles, violencias y maltratos como forma de concebir, bajo el dominio y el sometimiento, la relación íntima y afectiva.

Conocer y atender en particular nos da la oportunidad, muy importante, de descubrir el camino de mejora o de solución de los problemas concretos. Nos abre la percepción de las zonas buenas y positivas que cada persona tiene, y que hay en su caso particular. No todo es negro, tenebroso y malo. Cuando percibimos lo bueno que hay, entonces estamos en mejores condiciones de discernir el consejo personalizado, real y posible, que merece el caso particular. Es entonces cuando las personas afectadas, que se ven entendidas y atendidas en su particularidad, abren sus corazones a la aproximación a Jesucristo. Lo que sería una enorme contradicción e injusticia es que, condenando genéricamente un caso, le impidiésemos al mismo Jesucristo aparecer con su misericordia y su amor redentor.

Entendamos a fondo el espíritu de discernimiento que merece cada caso: no es el acatamiento a la ley o a la norma el fin supremo, porque son medios; el fin supremo es acercar a cada persona y su vida a Jesucristo, quien es la verdad, el camino y la vida Viva. Ver el cómo en cada caso concreto, y acompañarlo con amorosa y cercana implicación personal, es el “discernimiento” que propone el Papa Francisco para atender las “situaciones irregulares”. Dicho con otras palabras: para hacer de buenos pastores (y padres y madres y abuelos) y andar en busca y recuperación de la “oveja perdida”. O para hacer de buen samaritano, en vez de dar la espalda al marginado y al malherido, apartándose de él, como si fuera un apestado, precisamente por estar tullido “fuera del camino”.

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