A la familia hay que soñarla, imaginarla, desearla. Porque en esa proyección ideal, hermosa y posible, encontramos las fuerzas, la claridad y la hoja de ruta para convertir el sueño en realidad.
Fragmento Original
“No es posible una familia sin soñar”. (La alegría del amor, n.169)
Comentario
Ninguna gran empresa es posible sin soñar. Sobretodo nuestra familia, que es la empresa más grande y bella que podemos construir. Los que aman son soñadores de la vida de su unión. Cuanto más se aman, más grandes sus sueños. El amarse les hace tener luz entre las cañadas oscuras, esperanza ante las dificultades y los obstáculos, fe en su poder de renovar la vida y romper rutinas.
Soñar es tener una imagen anticipada de algo grande, bueno y bello. Es imaginar cómo queremos que sea nuestra familia. Ambicionar ese gran sueño nos ayuda a buscar los medios para hacerlo realidad. Y hace el milagro de llenarnos adentro. Nunca vacíos, sin razones para vivir, vencidos por las soledades.
Hay que soñar juntos y en grande para que nuestra familia sea grande y unida. ¿En dinero, bienes, poder e influencia? No. En sus diversos amores: el de los esposos, padres y madres, hijos, hermanos, tíos, abuelos y nietos. Así es como en el seno de cada familia, el amarse sin jamás rendirse, hace posible lo que para muchos hoy es un imposible: la confianza, la ayuda mutua, las alegrías y penas compartidas, la compañía íntima y la unidad de vida.
No te asuste que lo auténtico cueste. Te cambiará tu escala de valores. Apreciarás lo importante. Dejará de obsesionarte lo superficial y pasajero. Amaros en serio, enteros y sinceros, os compensará todas las penas.


