¡Quieres ser un buen padre o madre? Nunca des a un hijo por perdido. Siémbrale tu confianza, abónale con tu esperanza de que puede mejorar, cuida con tu compañía amorosa cualquier pequeño brote de su corazón, y dale tiempo. Tu hijo siempre, haga lo que haga, necesita un padre y una madre que le aman con fiel esperanza. No cosechas el mismo día que siembras.
Fragmento Original
“… la espera de quien sabe que el otro puede cambiar (…) Implica aceptar que algunas cosas no sucedan como uno desea, sino que quizás Dios escriba derecho con las líneas torcidas de una persona y saque algún bien de los males que ella no logre superar en esta tierra”. (La alegría del amor, n.116)
Comentario
La esperanza es el latido del amor fiel. Y el desaliento, el entrar en la desesperación, una pérdida de fe en el poder del amor. Ten fe en tu amor. No caigas en la tentación de abandonar porque “no hay nada que hacer y, además, no vale la pena”. Padres y madres han de comprender a fondo esas entrañas de su amor: su fiel esperanza en confiar en la vida del que engendraron a la vida. Sobre todo, cuando vienen las dificultades y contradicciones en la educación de los hijos. Los hijos, aún en sus peores derivas, necesitan en lo más íntimo de sí mismos saber que siguen contando con el amor esperanzado de sus padres. Una cosa es el buen consejo, el decirles con amor qué es la verdad y el bien, y otra muy distinta castigar, condenar y abandonar al reo. Nuestra condena… les abisma en la desesperación.
A veces podemos sentir la tentación del desaliento, del todo está perdido y de que “hasta aquí llegamos” frente a situaciones difíciles provocadas por una persona que no es consciente de la gravedad de los hechos. Este desaliento es mayor si se trata del esposo o de los hijos. Destierra el inmovilismo y mira el futuro con esperanza. Tu amor, ahora duramente probado, te solicita eso para crecer. Pide a Dios por esa persona. Cambiará tarde o temprano. Y, entre tanto, nosotros estamos aprendiendo a amar más y mejor. Y eso se irradia en el corazón del hijo. En algún momento de su vida, algo de tu fiel amor, le hará resucitar y rectificar.
Tal vez ese momento no lo veremos nosotros. A veces, la siembra de nuestro amor florece en los hijos cuando ellos tienen sus propios hijos, o después de nuestra muerte. Las vivencias de muchos hijos adultos demuestran este hecho extraordinario: el amor de su padre o de su madre, ya fallecidos, anidaba en sus hijos más vivo que nunca y les resucitó de sus derivas. Hace tiempo conocí las declaraciones de la madre de un chico que consumía drogas y que se había convertido en un delincuente. Ella decía que él siempre sería su hijo, aunque a él eso ahora parecía no importarle, que ella estaba dispuesta siempre a recibirlo y a ayudarlo a dejar el mal camino. La fidelidad y esperanza de este amor materno salvó al hijo de la desesperación y el suicidio.


