Unión conyugal procreadora

Unión conyugal procreadora

Carlos E. Guillén

EspañolEspañol | English English

Lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Y lo que Dios separó, no lo una el hombre. Hay una comunión íntima de amor y de vida, que sólo es posible entre varón y mujer, porque solamente entre ellos se contiene, de suyo y por sí misma, la conjunción entre la dimensión unitiva y la procreativa del amor sexual humano. Esa unión conyugal entre varón y mujer reclama un nombre propio. Solamente ella contiene la imagen y semejanza con Dios Trino.

Fragmento Original

“En el curso del debate sobre la dignidad y la misión de la familia, los Padres sinodales han hecho notar que los proyectos de equiparación de las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio, «no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia […] Es inaceptable que las iglesias locales sufran presiones en esta materia y que los organismos internacionales condicionen la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes que instituyan el “matrimonio” entre personas del mismo sexo».” (La alegría del amor, n. 251)

Comentario

Quiso Dios crear al ser humano a su imagen y semejanza. Es decir, que reflejase la Trinidad y su comunión de amor. Y por eso lo hizo varón y mujer. En la dualidad varón y mujer está impresa, desde el principio, la radical complementariedad en la que se deposita, a imagen y semejanza de Dios, la potencia de íntima comunión amorosa y la potencia procreativa de los hijos. Esa potencia unió Dios en el matrimonio entre varón y mujer.  Las confió a nuestra libertad. Nos solicitó que no las separásemos.

Ese poder de comunión y procreación lo posee la unión del varón y de la mujer por sí misma. No se la da el Estado, ni ningún poder humano político o religioso, ni el oro ni la plata, ni ninguna imposición social ni cultural. Ser esposos y ser padres y madres son dimensiones humanas integrales, pues afectan a los planos espirituales, psíquicos y físicos. Y solicitan su unidad armónica, es decir, el que padres y madres, al mismo tiempo, estén unidos con el amor de esposos. Esa unión entre la comunión amorosa y la potencia procreadora es lo que “Dios unió y no debe separar el hombre”.

A la unión conyugal procreadora entre un varón y mujer, fundadora de una familia, se la ha identificado en todas las culturas y lugares con un nombre particular y exclusivo, para diferenciarla de la multitud de relaciones sexuales que de hecho ocurren. Relaciones de hecho, por ejemplo, donde falta el reconocimiento de la mujer en su dignidad y calidad de esposa, como con las concubinas; o no hay voluntad de relación estable personal y procreadora, sino solamente de uso sexual, como en las relaciones con los amantes pasajeros; o no hay posibilidad ninguna de procreación, ni en consecuencia de comunión integral, como en la relación entre los mismos sexos.

En occidente, por influencia en lengua latina de la función de la madre (matris munus), se le llamó matrimonio. Cada idioma, no procedente del latín, tiene su propio nombre para designar la íntima comunión de vida y amor entre el varón y la mujer.  No es, por tanto, una cuestión de nomenclatura, sino de contenido. Podríamos haberla llamado, por ejemplo, “pareja ejemplar” o cualquier otro nombre con el que aludamos a su exclusiva originalidad de contener por y en sí misma la reunión de estas de potencias exclusivas: la unitiva amorosa y la procreativa.

Y si a las realidades profundamente diferentes hay que darles nombres también distintos, entonces no tiene fundamento aplicar el mismo nombre de matrimonio a las uniones homosexuales. Y si se hace no es porque la realidad natural de la unión conyugal sea así, sino por una imposición ideológica que presiona y hasta coacciona la cultura, la legislación y el ambiente social.

Resulta una paradoja significativa que las ideologías de género, tan opuestas al matrimonio como institución tradicional, lo reclamen para cobijar a otros tipos de uniones.  Parece como si, con este “truco igualitario” quisieran conseguir la honorabilidad y verdad que de siempre contiene el matrimonio entre varón y mujer.

Por lo demás, muchas personas de tendencias homosexuales, que no se dejan arrastrar por estos lobbies, consideran no sólo inapropiada la equiparación de sus relaciones con el matrimonio heterosexual, sino un complejo de vergüenza y una vejación a sus propias diferencias. Y por eso no quieren ni necesitan contraer “matrimonio”.

Temáticas: Procreación