Enseñar con el amor vivido

Enseñar con el amor vivido

Pedro Juan Viladrich

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En la unión conyugal y en los vínculos familiares encarnamos los rostros del amor de Dios: la confianza, el consuelo, la ayuda, la misericordia, la compañía tierna, íntima, fiel e incondicional.

Fragmento Original

“Los esposos cristianos son mutuamente para sí, para sus hijos y para los restantes familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Dios los llama a engendrar y a cuidar. Por eso mismo, la familia «ha sido siempre el “hospital” más cercano». Curémonos, contengámonos y estimulémonos unos a otros, y vivámoslo como parte de nuestra espiritualidad familiar. La vida en pareja es una participación en la obra fecunda de Dios, y cada uno es para el otro una permanente provocación del Espíritu. El amor de Dios se expresa «a través de las palabras vivas y concretas con que el hombre y la mujer se declaran su amor conyugal». Así, los dos son entre sí reflejos del amor divino que consuela con la palabra, la mirada, la ayuda, la caricia, el abrazo. Por eso, «querer formar una familia es animarse a ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar con él, es animarse a construir con él, es animarse a jugarse con él esta historia de construir un mundo donde nadie se sienta solo» (La alegría del amor, n. 321).

Comentario

¿Qué hemos hecho, como generación, para que la juventud actual ande tan confusa sobre qué es ser esposos y vivir una familia? O, mejor dicho: ¿qué no hemos hecho? Probablemente, no nos hemos amado lo suficiente, o lo hemos hecho mal, o tampoco nosotros, como generación de padres y abuelos, teníamos muy claro qué éramos como amantes esposos, padres e hijos. De algún modo, hemos roto la relación tan íntima que hay entre la familia y Dios, es decir, entre el amor conyugal y los diversos amores familiares y el mismo amor de Dios. Me parece que no hemos sabido enseñarles, mediante la experiencia de la vida vivida, que en familia somos el sueño de amor de Dios Trino y Creador, el que tuvo y tiene, incesantemente, sobre los amores humanos.

Encarnamos este sueño de amor de Dios cuando somos esposos, padres, madres, hijos, hermanos, abuelos y nietos. Lo encarnamos cuando, sin rendirnos nunca por nuestras limitaciones y dificultades, somos los unos con los otros, en el cada día corriente, consuelo y confianza, compañía y ayuda, caricia, ternura y calidez, fidelidad e incondicionalidad. Ese modo de darnos, acogernos y unirnos los unos con los otros es construir nuestra familia y, al mismo tiempo, encarnar el amor de Dios en este mundo. No son dos experiencias separadas e independientes. Son las dos caras de la misma experiencia: la del amarnos en el Amor.

Este es un fascinante y profundo proyecto de vida. La que le da razones de vivir y nos vacuna contra las soledades y los vacíos.  Adentrarnos juntos en amarnos más y mejor, precisamente como esposos, padres y madres, hijos y hermanos, abuelos y nietos, es nuestra “espiritualidad o mística” característica. Es decir, es la manera propia de encontrarnos íntimamente con Dios: el camino conyugal y el familiar. ¿Hemos enseñado y hemos vivido así nuestros amores íntimos? O, en mayor o menor medida, ¿hemos fracturado los amores familiares, los hemos desanimado y vueltos vacíos, los hemos traicionado y abandonado infielmente…, los hemos alejado y contrapuesto al modo como Dios ama? Si fuera así, el resultado sería empobrecer o, incluso, perder las dos caras del mismo rostro: la de nuestros amores y la del amor de Dios.

Estamos a tiempo.

Temáticas: Espiritualidad